Land art: la destrucción

Todo artista que trabaja en exteriores sabe de la fragilidad y temporalidad de los materiales. Expuestas a las inclemencias, a los vandalismos o a la caducidad, las piezas experimentan inevitables transformaciones y los artistas viven este proceso intensamente y, en algunos casos, incluso lo padecen de forma dramática.

Sin embargo, un hecho que llama la atención es la diferente percepción que se tiene con respecto al origen o detonante de estas transformaciones, pues el artista acepta en menor grado el vandalismo que la fuerza de los elementos cuando su obra se ve deteriorada o destruida. Habiendo, conocido diferentes casos, así como reflexionado sobre las propias experiencias, me parece oportuno hablar sobre este fenómeno para poner de relieve ciertos aspectos de la creación artística en exteriores que con toda seguridad merecen ser considerados.

Para comenzar, quisiera hacer un lista de destrucciones posibles, ya que esto nos ayudará a pensar, o a imaginarnos, qué sentimos ante cada uno de estos supuestos: si lo toleramos o no, si nos crea frustración, disgusto, desánimo, etc. Así pues, nuestra obra podría ser destruida en los siguientes contextos:

I. El vandalismo total o parcial. En el caso del arte en la naturaleza, las cuestiones ideológicas no son un “móvil” recurrente a pesar de que en museos o ciudades sí se han contabilizado daños muy graves. El vandalismo es con seguridad el supuesto que más frustración y rabia genera entre los artistas. Aquí nos encontramos, o bien con una acción contra un autor o institución concretos (venganza, intereses, etc.), o bien la expresión de la rabia, la misma que surge en la ciudad como quien golpea, quema o rompe mobiliario urbano sin motivo o por causas ajenas al mismo objeto destruido como bien describe S. Zizek en “Violencia”. Piezas caídas, pintadas, tapadas con cemento, trasladadas, quemadas o cortadas son las situaciones más comunes, como las que se muestran a continuación, la pieza de Sergi Quiñonero en las Garrigues y la de Kliment Olm en la Cerdanya.

II. La fragilidad de los materiales. No siempre se usan piedras o metales que son muy robustos y duraderos. Las flores, papeles, maderas o telas también son materiales de uso corriente en exteriores que padecen la fragilidad, a veces inesperada. Errores de cálculo de peso, estructuras que se vienen abajo, animales que intervienen fortuitamente, degradación acelerada por causas meteorológicas, etc. son también factores destructores. La fragilidad genera impotencia y desesperación. Por ejemplo, Garrell vio caer alguna torre en Argelaguer por falta de solidez en su construcción (después se las derribaron).

III. La fuerza de los elementos. Todo lo que está en el exterior está expuesto a las riadas, el viento, el fuego, el oleaje, etc. La fuerza de los elementos es en muchas ocasiones incontrolable e inesperada. Aunque se parecen, existe una gran diferencia con el supuesto anterior y es que en el caso (II) el origen de la destrucción se encuentra en la misma pieza y en el caso (III) es de origen externo, como una especie de vandalismo metafísico o incorpóreo. La fuerza de los elementos nos hace sentir impotencia y desesperación también como en el caso de la fragilidad de los materiales. El Camí dels 7 sentits de Marta Pruna sufrió la devastadora fuerza de los elementos tras unas lluvias torrenciales.

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IV. El desmontaje de la pieza. Aunque a primera vista no parece una forma de destrucción, sí habría que considerarla como tal. Hay obras que se han realizado para un evento concreto y para un tiempo determinado, después se retiran o se destruyen. Una una vez fuera de su espacio, una pieza deja de ser obra de arte para convertirse en objeto o trasto en un garaje, desván, o en el mismo taller del artista, es decir, que sufre una muerte ontológica que en algunos casos es incluso física porque se tira a la basura, se recicla o simplemente se elimina. Este supuesto, por lo general, genera pena y disgusto, pero quizás sea el más aceptado, ya que la obra suele haber cumplido con sus expectativas de esperanza de vida o su misión expresiva. Sería como una obsolescencia programada que no acabamos de aceptar del todo. Aquí me gustaría mostrar un ejemplo propio: la quema de la Bandera de plegaria tras la bienal de Land Art 2017.

Curiosamente, he observado, a parte de las diferencias de carácter de cada artista, que ante cada unos de estos supuestos se observan grandes diferencias en cuanto a la percepción de los mismos. Unos se ven como un ataque, otros, como un mal inevitable, y otros, como algo connatural. Pero, en el fondo, ¿hay tanta diferencia entre unos casos y otros como creemos? A mí me genera grandes dudas.

La primera duda es sobre la fugacidad y lo perecedero. Sabemos que las obras en la intemperie tienen una fecha de caducidad aparente con la que nos generamos expectativas, especialmente cuando esperamos que éstas nos sobrevivan. Pero, ¿por qué tiene durar lo que nosotros estipulamos? ¿No implica el trabajo en la naturaleza un alto grado de espontaneidad? Es decir, la vida de una obra es insondable por mucho que nosotros tengamos cálculos preestablecidos en la cabeza u otros planes más duraderos, pues la vida de la obra puede ser truncada en cualquier momento por 4 supuestos anteriores.

La segunda duda es sobre la importancia del perpetrador de la destrucción. La fuerza de los elementos (II) no tiene nuestro permiso y la aceptamos como parte del juego natural, el desmontaje (IV) a veces lo hacemos a desgana pero también lo aceptamos incluso de antemano y por contrato. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el vandalismo (I)? Acaso los humanos no son también parte de la naturaleza, un brazo tonto o incontrolado de ésta. ¿Y qué pasa con la fragilidad (II), no somos parte de la culpa nosotros también?

La tercera duda me la origina la reconstrucción. ¿Es necesaria? ¿Para qué? ¿Para nuestro ego? ¿Para comerciar? ¿Sigue siendo después de la reconstrucción la misma pieza o es ya otra cosa? Esto me hace pensar en la paradoja del barco de Teseo. En filosofía se cuestiona si, con el tiempo, una vez se han ido renovando las piezas del barco  que al final ya no queda ninguna original, se puede seguir afirmando que ese barco sigue siendo el de Teseo. ¿Habría que reconstruir el Parthenon? ¿Y las esculturas griegas o romanas tras las invasiones bárbaras?

Estas tres dudas me hacen pensar que en el fondo no estamos aceptando el contrato tácito con el arte que practicamos en exteriores. Si queremos algo perdurable deberíamos encerrarlo en un museo o guardarlo entre algodones en un cajón. Me parece bastante paradójico que siendo esta vertiente del arte la que ha exaltado el despojo del ego por parte del artista, resulta que los ataques a nuestras obras nos afectan como si nos hubieran hecho un enorme mal a nosotros mismos, a nuestro cuerpo o a nuestras ideas, ¿no es esto una afloración del ego? ¿No será que no estamos aceptando que cada pieza puede tener una vida propia, completamente ajena e independiente de nosotros? ¿No será que en el fondo nos cuesta abandonar la idea de que la pieza no somos nosotros aunque hayamos puesto parte de nosotros?

En nuestro arte está implícita la destrucción, como principio originario, como dar vida implica la muerte. Nosotros, los artistas creamos, los otros destruyen, es la regla tácita del juego. A veces la obra vive más de lo esperado, otras menos, a veces una vida se ve truncada por un cáncer, un accidente de tráfico o estando desahuciado se vive más tiempo de lo esperado. Y ahí radica el problema, creo que no debemos esperar nada, sino que debemos asumir todo lo que les pasa a las piezas ahí fuera. Pero, a pesar de todo, de los sentimientos incontrolables negativos y tristes, no debemos dejar de crear y no podemos focalizar nuestras fuerzas para prevenir la destrucción o la reparación. Creo que en estos casos hay que pasar el duelo o mejor dicho, pasar página. Es más, no deberíamos sentir nada, sino que deberíamos admirar las inevitables transformaciones independientemente de su origen.

© 2020, JGC

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